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La fuerza de los bebés prematuros



4 años


El post de hoy es personal, sincero y más largo de lo habitual, es una experiencia real que marcó mi vida y de la que a día de hoy me alegro de haber formado parte.
El motivo de que lo escriba ahora es porque hace poco en la entrevista a Ambartxu mamá de prematuros decía que cuando se dispuso a buscar información al respecto apenas encontró nada y menos experiencias personales, así que aquí va la mía.


Cuando haya por el 2008 me dieron la noticia de que iba a ser tía me lleno de ilusión, ¡un sobrino!, que ganas tenía de tener un sobrinín, era un pequeño muy deseado y el embarazo de mi cuñada fue transcurriendo de una manera normal.  My love y yo organizamos las vacaciones de verano de manera que pudiésemos estar en el nacimiento y disfrutar de sus primeros días, que ganas de ver su carita.

Pero de repente todo se precipitó, en la ecografía de 3D vieron que el bebé era demasiado pequeño para el tiempo que tenía y recomendaron a la mamá asistir a urgencias; primeros nervios, ¿qué pasara? ¿irá todo bien?  Después de una revisión en la que no sacamos nada en claro nos mandan a casa y nunca olvidaré esa tarde viendo las imágenes de la eco 3D de un pequeño del que no sabíamos que iba a ser.  Nadie lloró, nadie hablaba más de la cuenta, todo era incertidumbre.

Ante la situación que parece ser se complicaba nos recomendaron acudir al Hospital 12 de Octubre especialista en neonatos, allí se quedaría mi cuñada ingresada con tan sólo 27 semanas de gestación, con miedo, nuevamente con la incertidumbre de que pasará pero serena, sin llorar.


1 mes


En la semana 28 nació mi valiente, con 700 gramos de peso y ocupando el espacio de la palma de una mano.  Eso da miedo, mucho miedo, porque no crees que un ser tan pequeñito cubierto de aparatos por todos los lados sea capaz de poder con todo eso. 

Recuerdo la primera noche de mi campeón fuera de la tripa de su mamá, yo bajé con mi cuñada a la incubadora y le vi ahí, tan poquita cosa pero con unos ojos que decían soy fuerte, soy luchador. 
A partir de entonces todos los viernes salía corriendo del trabajo para atravesar Madrid, rezando que ese día el Metro volase y llegar a la hora de visita.  Eran 10 minutos, sólo 10 míseros minutos, pero merecía la pena ver como cada semana mi valiente seguía ahí, luchando por la vida.

Pero también recuerdo a aquellos otros ángeles que no ganaron su primera guerra, recuerdo a padres hundidos de dolor, recuerdo gritos de angustia y recuerdo mis lágrimas contenidas porque aunque te alegras de saber que esta vez no ha tocado en tu incubadora no sabes si la historia tendrá un final feliz.

Cuando ya parecía que la cosa avanzaba, que el bebé iba cogiendo peso me dicen que le tienen que operar de una hernia, nuevamente miedo e incertidumbre.  Esa noche me abrazo a mi hermano y no hablo porque solo sé llorar, pero él me dice que todo va a salir bien y yo le creo.

Cuando al día siguiente atravesé nuevamente Madrid para llegar a la visita hubiese preferido no llegar a tiempo, mi pequeño estaba muy hinchado, todos los tubos que había ido dejando atrás volvieron a aparecer y verle respirar era un sobresfuerzo.  Aquella vez sí lloré al lado de la incubadora, sí me pregunte si había valido la pena tanto esfuerzo y aquella vez sentí que la suerte nos daba la espalda.  En menos de 24 horas volvió a ser operado porque una de sus tripas se había quedado retorcida dentro y nuevamente pasamos miedo, mucho miedo e incertidumbre.



Todo salió bien y en cuestión de semanas mi pequeño valiente salía del hospital en su carrito, el miedo se hizo más pequeño pero aunque yo no estuviese allí las primeras semanas fuera del Hospital fueron muy duras.

Mi pequeño valiente se había acostumbrado al ruido de las máquinas y todo lo de su casa le parecía extraño, sus papas se enfrentaban a una nueva etapa en la que ya no estaría las enfermeras para ayudarles pero nuevamente todo salió bien.

Hoy casi 9 años después de aquello yo también recuerdo el sonido de las máquinas, las carreras por llegar al Hospital y la cara de miedo de mi cuñada y mi hermano ante lo que iba a pasar.  Pero hoy podemos decir que mi pequeño valiente es un campeón de casi 9 años con unas ocurrencias que me hacen partirme de risa, con una sonrisa que ilumina toda su cara y una valentía que se ha ganado a pulso.  

Hoy es el primo de mis pequeños y hermano mayor pero sabe que mi corazón tiene reservado un sitio especial para él, tiene el alta como niño prematuro y no tiene ninguna secuela de aquello.

Sé que tuvimos mucha suerte pero también sé que la fuerza de estos campeones nunca se puede infravalorar.

Y hasta aquí mi post muy personal, que me ha costado escribir pero que solo espero que pueda ayudar a muchos otros que pasen por lo mismo y sepan que no deben perder la esperanza.

Gracias a los papis por dejarme compartir parte de mi historia.


María P.


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